Los pobres platillos voladores

Gabriel García Márquez

La humanidad resolvió —al fin— faltarle al respeto a los platillos voladores. Aquellos que algún día fueron lejanos y misteriosos huéspedes de los más extraños cielos, han entrado en una lamentable decadencia, precisamente por haber perdido su primitivo carácter de eventualidad y lejanía. En un principio, algún modesto granjero de Arkansas vio cruzar, por su estrellado campesino, “una estrella más grande que ninguna”, sólo que a diferencia de la del inspirado poeta la que vio el granjero no era, técnicamente, la luna, sino una estrella móvil y esférica que se precipitó a una velocidad indecorosamente supersónica, hacia un horizonte que, por la mala noche que debió pasar el granjero, era un auténtico y nada lorquiano horizonte de perros. A la mañana siguiente, cuando el asombrado campesino de Arkansas llegó al poblado y dijo en una farmacia que la noche anterior vio un extraño cuerpo circular volando no propiamente hacia Río de Janeiro, como aconteció en alguna película, sino hacia “el infinito abismo donde nuestra voz no alcanza”, como aconteció en un poema, el farmacéutico debió prescribirle un purgante eficaz para regularizar el alcinado aparato digestivo del granjero. Sin embargo, los misteriosos huéspedes siguieron realizando sus luminosas incursiones nocturnas, hasta el extremo de que no sólo perturbaron también la tranquilidad de los cielos europeos, seguidos desde abajo por millares de pupilas asombradas, sino que se arriesgaron a jugar un celeste escondite con algunos aviadores norteamericanos, de cuya sobriedad en sustancias destiladas no cabe la menor duda.
            Y es así como la humanidad, en cierta manera, ha empezado a sufrir las consecuencias de la purga que en mala hora se administró el granjero de Arkansas. Los platillos voladores, antes discretos e inofensivos, empezaron a perder la vergüenza. Se familiarizaron con los halagos de la publicidad y volaron cada vez a menor altura sobre los tejados, hasta el límite de que un ciudadano de Texas se viera en la necesidad de asegurar sus propiedades contra sus incursiones y de que una modesta empleada boliviana declarara, el último domingo, que ha formalizado compromiso matrimonial, de acuerdo con las leyes de Bolivia, con el copiloto de un platillo volador que una romántica noche de febrero sufrió un accidente junto a su ventana, de ella.
            Personalmente me conmueve esta dolorosa decadencia en que van hundiéndose los que en mejores tiempos fueron identificados como diminutos visitantes interplanetarios. Me conmueve, porque la humanidad se vengará ahora de todas esas noches de sobresalto que le hicieron vivir los platillos voladores. Ramona, la novelera esposa de mi querido amigo Pancho, amanecerá un día de éstos exigiendo a su paciente cónyuge que modernice la vajilla doméstica no sólo ya con platillos, sino con tazas, bandejas y cafeteras voladoras. Y llegará el día —doloroso día— en que tendremos ceniceros fabricados con el material sobrante de los que fueron dignos y serviciales exploradores celestes. Porque todo es capaz de hacerlo la humanidad, hasta de permitir que se les castigue al musical escarnio de complementar el instrumental de la banda de Gustavita, cuyo orgulloso platillero tendrá la satisfacción de acompañar dentro de algunos meses la misma pieza milenaria, son el sonoro y metálico compás de los platillos voladores.

[1950] 

Comentarios

  1. Una breve crónica de la guerra de los humanos contra los platillos voladores.

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